Persona en la playa relajándose

«¿Por qué me siento peor cuando por fin paro?»

¿Por qué me siento peor cuando por fin paro?

Vivimos en una sociedad que valora la productividad, el rendimiento y la capacidad de “seguir adelante” incluso cuando el cuerpo y la mente están agotados. Muchas personas pasan semanas, meses o incluso años funcionando en piloto automático: trabajando, cuidando de otros, resolviendo problemas y sosteniendo responsabilidades sin detenerse demasiado a mirar cómo se encuentran realmente.

Sin embargo, algo que observamos con frecuencia en consulta es que el malestar aparece precisamente cuando la persona por fin se detiene. Durante unas vacaciones, una baja laboral, un fin de semana tranquilo o después de terminar una etapa especialmente exigente, aparecen síntomas como ansiedad, tristeza, irritabilidad, agotamiento extremo o incluso molestias físicas.

Y entonces surge la pregunta:
“¿Cómo puede ser que ahora que por fin puedo descansar me encuentre peor?”

La respuesta tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestro sistema nervioso y con la forma en la que muchas personas aprenden a sostener el malestar durante largos periodos de tiempo.

Cuando vivir “aguantando” se vuelve la norma

Hay personas que desarrollan una gran capacidad para seguir funcionando a pesar del cansancio emocional. Continúan cumpliendo con sus obligaciones aunque se sientan desbordadas, desconectadas o al límite.

Esto suele ocurrir en perfiles muy responsables, autoexigentes o acostumbrados a priorizar las necesidades de los demás por encima de las propias.

Mientras hay tareas urgentes, horarios, responsabilidades o personas que atender, la mente se mantiene ocupada. El cuerpo activa mecanismos de supervivencia que permiten continuar funcionando temporalmente:

Aumento de la activación.
Estado constante de alerta.
Desconexión emocional.
Dificultad para registrar el cansancio real.
Sensación de “tirar porque no queda otra”.
El problema es que esta activación sostenida tiene un coste. Aunque durante un tiempo pueda parecer que la persona “aguanta bien”, el organismo no puede mantenerse indefinidamente en un estado de tensión continua.

¿Por qué el malestar aparece al parar?

Cuando la exigencia externa disminuye, el sistema nervioso deja de estar tan centrado en sobrevivir al día a día. Es entonces cuando empiezan a aparecer señales que llevaban tiempo acumulándose.

Muchas personas describen algo parecido a esto:

“Mientras estaba trabajando podía seguir.”
“En cuanto cogí vacaciones me hundí.”
“Fue parar y empecé con ansiedad.”
“Hasta la baja laboral no me di cuenta de lo agotada que estaba.”

No significa que el descanso haga daño. Lo que ocurre es que, al bajar el nivel de actividad y de tensión constante, emerge un cansancio que llevaba tiempo silenciado.

En algunos casos aparece una sensación de vacío, irritabilidad o tristeza. En otros, el cuerpo comienza a expresar lo que llevaba tiempo sosteniendo: insomnio, dolores musculares, problemas digestivos, fatiga extrema, llanto frecuente o crisis de ansiedad.

La ansiedad funcional: cuando el sufrimiento pasa desapercibido

Existe un tipo de ansiedad que muchas veces pasa inadvertida porque la persona continúa funcionando aparentemente “bien”. Es lo que conocemos como ansiedad funcional.

Desde fuera, la persona sigue cumpliendo:
Trabaja.
Organiza.
Cuida.
Produce.
Responde.
Llega a todo.

Pero internamente vive con una sensación constante de tensión, hipervigilancia y agotamiento mental.

A menudo, estas personas reciben comentarios como:
“Pero si tú puedes con todo.”
“Siempre estás haciendo cosas.”
“No parece que estés mal.”

Precisamente porque continúan funcionando, muchas veces tardan mucho en pedir ayuda. El problema es que sostener ese nivel de exigencia durante demasiado tiempo puede terminar derivando en un bloqueo emocional o físico importante.

El cuerpo también tiene un límite

El burnout o desgaste emocional no aparece de un día para otro. Generalmente es el resultado de una acumulación progresiva de estrés mantenido en el tiempo.

Algunas señales frecuentes son:

Sensación constante de cansancio.
Dificultad para desconectar mentalmente.
Pérdida de motivación.
Irritabilidad o mayor sensibilidad emocional.
Problemas de sueño.
Sensación de estar “vacío”.
Dificultad para disfrutar.
Bloqueo mental o sensación de no poder más.
Muchas personas intentan compensar este agotamiento esforzándose todavía más, exigiéndose seguir al mismo ritmo o culpabilizándose por sentirse mal.

Sin embargo, el cuerpo no entiende de autoexigencia infinita. Cuando las señales de cansancio se ignoran durante demasiado tiempo, el organismo termina encontrando maneras de frenar.

La culpa por descansar

Otro aspecto muy frecuente es la dificultad para descansar sin sentirse culpable.

Hay personas que solo se permiten parar cuando ya no pueden más. Descansar antes de llegar al límite les hace sentir improductivas, débiles o irresponsables.

Por eso, cuando finalmente tienen tiempo para descansar, muchas veces aparece incomodidad:
Sensación de estar perdiendo el tiempo.
Necesidad constante de hacer cosas.
Dificultad para relajarse.
Pensamientos de culpa o inutilidad.
Ansiedad ante la quietud.

En estos casos, el problema no es únicamente el exceso de actividad, sino la relación que la persona ha construido con la exigencia y el descanso.

Aprender a escuchar las señales antes de romperse

Muchas veces se nos ha enseñado a normalizar el estrés, minimizar el cansancio y seguir adelante incluso cuando algo dentro de nosotros lleva tiempo pidiendo parar.

Sin embargo, cuidar la salud mental no consiste únicamente en descansar cuando el cuerpo ya no puede más, sino en aprender a detectar las señales antes de llegar al límite.

Esto implica:
Reconocer las propias necesidades.
Poner límites.
Reducir la autoexigencia.
Aprender a descansar sin culpa.
Escuchar el cuerpo y las emociones.
Aceptar que no siempre podemos con todo.
En terapia psicológica trabajamos precisamente en identificar estos patrones de sobrecarga y en desarrollar formas más sostenibles y saludables de relacionarse con uno mismo.

Conclusión

Sentirse peor al parar no significa que algo vaya mal porque estés descansando. Muchas veces es la consecuencia de haber sostenido demasiado durante demasiado tiempo.

El cuerpo y la mente tienen mecanismos para sobrevivir a etapas de alta exigencia, pero también necesitan espacios de recuperación reales. Cuando el ritmo constante se detiene, el malestar que había quedado en segundo plano encuentra por fin un lugar para aparecer.

Escuchar esas señales no es un signo de debilidad. En muchas ocasiones, es el primer paso hacia el cuidado y la recuperación emocional.

Efecto pigmaleon

«El efecto Pigmalión»

El efecto Pigmalión: cómo las expectativas influyen en nuestro bienestar emocional

Las expectativas tienen más poder del que solemos imaginar. No solo influyen en cómo miramos a los demás, sino también en cómo nos comportamos con ellos y, en consecuencia, en cómo acaban desarrollándose. En psicología, este fenómeno se conoce como efecto Pigmalión y está presente en muchos ámbitos de nuestra vida: la infancia, la pareja, el trabajo y también en la relación con uno mismo.

En consulta observamos con frecuencia cómo las expectativas —propias o ajenas— pueden convertirse en una fuente silenciosa de malestar emocional, condicionando la autoestima, la seguridad personal y las relaciones.

Qué es el efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión describe cómo las creencias o expectativas que tenemos sobre una persona influyen en su comportamiento y rendimiento, aumentando la probabilidad de que esas expectativas se cumplan.

Dicho de forma sencilla: cuando esperamos algo de alguien, tendemos a actuar de manera que favorece que eso ocurra. Estas actitudes suelen ser sutiles e inconscientes, pero tienen un impacto real.

El concepto proviene de la psicología social y educativa, y debe su nombre al mito de Pigmalión, un escultor que se enamoró de la estatua que había creado, hasta que esta cobró vida. De manera simbólica, refleja cómo nuestras expectativas pueden “dar forma” a la realidad.

Cómo funcionan las expectativas

Las expectativas influyen en pequeños detalles cotidianos:

  • El tono con el que hablamos.
  • El grado de confianza que transmitimos.
  • Las oportunidades que ofrecemos o retiramos.
  • La paciencia o la exigencia que mostramos.
  • El refuerzo positivo o la crítica que utilizamos.

Cuando creemos que alguien es capaz, solemos mostrar más apoyo, más paciencia y más confianza. Esto facilita que la persona se sienta segura y actúe en consonancia. Por el contrario, cuando esperamos poco, tendemos a ser más críticos, distantes o controladores, generando inseguridad y limitando el desarrollo.

El efecto Pigmalión en la infancia y la adolescencia

Uno de los ámbitos donde más se ha estudiado este efecto es el educativo. Las expectativas de padres, madres y profesores influyen de manera directa en la autoestima y el rendimiento de niños y adolescentes.

Mensajes como:

  • “Es que este niño es muy despistado.”
  • “No se le dan bien los estudios.”
  • “Siempre ha sido así.”

Pueden acabar interiorizándose como verdades absolutas. El menor no solo actúa según esa etiqueta, sino que construye su identidad en torno a ella.

Por el contrario, expectativas realistas y positivas, acompañadas de apoyo emocional, fomentan la confianza, la motivación y la sensación de capacidad.

El efecto Pigmalión en la vida adulta

Aunque solemos asociarlo a la infancia, el efecto Pigmalión sigue actuando en la edad adulta.

En la pareja
Las expectativas que tenemos sobre nuestra pareja influyen en la dinámica relacional. Esperar que el otro “no cambie”, “siempre falle” o “no sea capaz” puede generar relaciones rígidas, frustración y distancia emocional.

En el trabajo
En el ámbito laboral, las expectativas de superiores y compañeros influyen en la seguridad, el rendimiento y la implicación. Sentirse infravalorado o constantemente cuestionado mina la motivación y aumenta el estrés.

En las relaciones familiares
Los roles familiares tienden a mantenerse por expectativas repetidas: “el responsable”, “el problemático”, “el que nunca se equivoca”. Estos papeles pueden resultar muy limitantes.

El efecto Pigmalión hacia uno mismo

Quizá la forma más poderosa —y a veces más dañina— del efecto Pigmalión es la que ejercemos sobre nosotros mismos.

Las creencias internas como:

  • “No soy capaz.”
  • “Siempre acabo fallando.”
  • “Esto me viene grande.”

Actúan como profecías que se autocumplen. Cuando nos hablamos desde la desconfianza o la crítica constante, reducimos nuestras propias posibilidades de crecimiento y bienestar.

Trabajar estas creencias en terapia permite construir una mirada más realista, compasiva y flexible hacia uno mismo.

Cómo romper el efecto Pigmalión negativo

Tomar conciencia de nuestras expectativas es el primer paso para que dejen de dirigirnos de manera automática.

Revisar nuestras creencias
Preguntarnos si lo que esperamos del otro (o de nosotros mismos) está basado en hechos actuales o en etiquetas del pasado.

Cuidar el lenguaje
Las palabras que usamos influyen más de lo que creemos. Cambiar el “es que soy así” por “ahora me cuesta, pero estoy aprendiendo” abre nuevas posibilidades.

Fomentar expectativas realistas y flexibles
No se trata de exigir perfección, sino de confiar en la capacidad de cambio y desarrollo.

Buscar acompañamiento profesional
La terapia psicológica ayuda a identificar patrones de expectativa que generan sufrimiento y a construir relaciones más sanas, basadas en el respeto y la confianza.

Conclusión

El efecto Pigmalión nos recuerda que las expectativas no son neutras: influyen, modelan y dejan huella. Tomar conciencia de ellas nos permite relacionarnos de una manera más consciente, tanto con los demás como con nosotros mismos.

Desde la psicología, el objetivo no es eliminar las expectativas, sino hacerlas más realistas, flexibles y humanas. Porque cuando la mirada cambia, también cambian las posibilidades de bienestar emocional.

Mujer mirando por la ventana

«Cansancio emocional»

Cansancio emocional: cuando no estás mal, pero tampoco estás bien

Muchas personas llegan a consulta con una sensación difícil de explicar. No se sienten “mal” en el sentido clásico, no hay una crisis concreta ni un problema evidente, pero tampoco se sienten del todo satisfechas y con una sensación de bienestar. Hacen referencia a estar cansadas, desmotivadas, con menos ilusión y con la sensación de ir tirando o “sobreviviendo” día a día. A esto lo llamamos cansancio emocional.

El cansancio emocional no siempre es evidente, pero sí profundamente desgastante. Es ese estado en el que el cuerpo y la mente piden una pausa, aunque la vida siga exigiendo funcionar con normalidad.

Qué es el cansancio emocional

El cansancio emocional aparece cuando llevamos demasiado tiempo sosteniendo cargas psicológicas sin un descanso real. No se trata solo de estar ocupado, sino de estar emocionalmente exigido de forma continuada: tomar decisiones, adaptarse, cuidar a otros, responder expectativas o gestionar preocupaciones constantes.

A diferencia del cansancio físico, el cansancio emocional no desaparece durmiendo. Es un agotamiento más profundo, que afecta a la motivación, al estado de ánimo y a la manera en la que nos relacionamos con nosotros/as mismos/as y con los demás.

Señales habituales del cansancio emocional

El cansancio emocional puede manifestarse de muchas formas. Algunas de las más frecuentes son:

  • Sensación de apatía o falta de ilusión, incluso por cosas que antes motivaban.
  • Irritabilidad o menor tolerancia a pequeñas frustraciones.
  • Dificultad para concentrarse o tomar decisiones.
  • Sensación de estar “en automático”.
  • Cansancio constante, aunque no haya un esfuerzo físico importante.
  • Desconexión emocional: cuesta sentir entusiasmo, alegría o incluso tristeza.

Muchas personas se culpan por sentirse así, pensando que “no tienen motivos” para estar cansadas. Sin embargo, el cansancio emocional no necesita una causa única ni visible para ser válido.

Por qué aparece el cansancio emocional

Este tipo de agotamiento suele ser el resultado de una acumulación de factores:

– Exceso de autoexigencia.
– Vivir con la sensación constante de “tener que poder con todo” termina pasando factura. La autoexigencia sostenida agota emocionalmente.

– Falta de espacios de descanso real. A veces seguimos respondiendo mensajes, pendientes de otros o rumiando preocupaciones o ideas incluso cuando paramos físicamente. Por lo tanto, esto no es una forma de descansar realmente, ya que puede que nuestro cuerpo descanse, pero nuestra mente no lo hace.

– Carga emocional prolongada. Cuidar a otras personas, sostener conflictos, atravesar cambios vitales o situaciones de incertidumbre desgasta, aunque se haga “bien”.

– Desconexión de las propias necesidades. Cuando priorizamos constantemente lo que se espera de nosotros y dejamos de escuchar lo que necesitamos, el cuerpo y la mente acaban protestando.

 

“No estoy mal, pero tampoco bien”: el lugar invisible

Una de las dificultades del cansancio emocional es que queda “en tierra de nadie”. No encaja del todo en una etiqueta diagnóstica clara, y eso hace que muchas personas lo minimicen o lo posterguen.

Sin embargo, este estado intermedio también merece atención. Ignorarlo suele llevar a que el malestar aumente y se transforme en ansiedad, tristeza persistente o sensación de vacío.

 

Cómo empezar a cuidarse cuando hay cansancio emocional

No se trata de hacer grandes cambios de golpe, sino de pequeños ajustes que ayuden a recuperar energía emocional. Algunas ideas que pueden ayudarte son las siguientes:

– Reconocer el cansancio. El primer paso es dejar de pelearse con lo que uno/a siente. Estar cansado emocionalmente no es un fracaso, es una señal.

– Revisar el nivel de exigencia. Preguntarse: ¿me estoy pidiendo más de lo que puedo sostener ahora mismo?

– Crear espacios de descanso emocional. Momentos sin productividad, sin obligación y sin evaluación. Espacios donde no haya que rendir.

– Poner límites, aunque sean pequeños. Decir que no, bajar el ritmo o posponer decisiones también es una forma de cuidarse.

– Pedir ayuda profesional. La terapia ofrece un espacio seguro para entender de dónde viene ese cansancio, qué lo mantiene y cómo empezar a aliviarlo de manera respetuosa con uno mismo.

 

Conclusión

El cansancio emocional no siempre grita, a veces susurra. Se manifiesta en la falta de energía, en la desmotivación silenciosa y en la sensación de estar sobreviviendo en lugar de viviendo. Escucharlo a tiempo es una forma de autocuidado y prevención.

 

Desde la psicología, acompañar este tipo de procesos permite reconectar con las propias necesidades, reducir la autoexigencia y recuperar, poco a poco, el bienestar emocional. No hace falta estar “muy mal” para pedir ayuda; a veces basta con no querer seguir sintiéndose así.

Mujer en navidad toca un adorno

«Estrés en Navidad»

La Navidad suele asociarse con ilusión, celebraciones, reencuentros y bienestar. Sin embargo, para muchas personas estas fechas vienen acompañadas de un aumento significativo del estrés. Lo que se presenta como una época “mágica” puede generar una presión emocional difícil de gestionar. En consulta lo vemos cada año: la mezcla de expectativas, compromisos sociales y exigencias internas hace que diciembre se convierta en un periodo especialmente vulnerable.

La obligación de estar contentos: la presión del “espíritu navideño”

Una de las fuentes más comunes de estrés navideño es la idea de que “hay que estar bien”. El entorno —publicidad, redes sociales, mensajes sociales— transmite la imagen de que la Navidad debe vivirse con alegría constante, gratitud y armonía. Esta narrativa crea una especie de mandato emocional: incluso si uno está cansado, preocupado o viviendo un momento personal complejo, parece que no hay permiso para sentir otra cosa que no sea felicidad.

Este contraste entre lo que sentimos y lo que “deberíamos sentir” puede generar:

  • Culpa por no estar disfrutando.
  • Sensación de rareza o aislamiento.
  • Necesidad de ocultar emociones reales.
  • Autocrítica y desgaste emocional.

La obligación de mostrarse alegre actúa como una máscara que, lejos de proteger, aumenta el malestar y la sensación de desconexión con uno mismo.

Expectativas ajenas y propias: un caldo de cultivo para el estrés

Las reuniones familiares y las celebraciones navideñas suelen convertirse en un escenario donde se activan expectativas externas y también internas. En estas fechas, muchas personas sienten que su vida queda “expuesta” de alguna manera ante la mirada de los demás.

Expectativas de los demás

Durante cenas y encuentros es habitual que aparezcan preguntas o comentarios relacionados con:

  • La situación sentimental: “¿Y tú para cuándo…?”
  • La vida familiar: hijos, dinámica de pareja, conciliación…
  • El trabajo: ascensos, estabilidad laboral, proyectos futuros.
  • El éxito profesional: comparación con hermanos, primos, amistades.

Aunque muchas veces no hay mala intención, estos comentarios pueden confrontar a la persona con sus inseguridades o procesos personales, activando estrés, vergüenza o sensación de insuficiencia.

Expectativas propias

A la presión externa se suma otra igual de potente: la que nos imponemos nosotros mismos. En Navidad solemos hacer balance del año y, con ello, emergen pensamientos como:

  • “Debería haber conseguido más.”
  • “No estoy donde esperaba.”
  • “Tendría que manejar mejor mis relaciones.”
  • “Este año no he estado a la altura.”

Cuando las expectativas internas no se cumplen, se experimenta frustración, autoexigencia e incluso tristeza. Esto, unido al ritmo intenso de estas fechas, aumenta aún más el estrés.

Por qué la Navidad activa tanto malestar emocional

Hay varios factores que contribuyen a que este periodo sea especialmente sensible:

  • Mayor carga social: más reuniones, más compromisos, menos tiempo de descanso.
  • Comparaciones: tanto con los demás como con la versión idealizada de uno mismo.
  • Cambios en rutinas: alimentación, sueño y ejercicio suelen verse alterados.
  • Memorias y ausencias: estas fechas pueden activar duelos, añoranzas o recuerdos difíciles.
  • Presión económica: regalos, cenas y desplazamientos incrementan la tensión.

Todo esto convierte a la Navidad en una época que, pese a su imagen festiva, remueve emocionalmente.

Cómo cuidar la salud mental durante las fiestas

Aunque no podemos cambiar la intensidad de estas fechas, sí podemos adoptar estrategias que ayudan a regular el estrés:

  1. Validar lo que sentimos

No existe una forma “correcta” de vivir la Navidad. Permitirse sentir lo que uno siente ya es un acto de autocuidado.

  1. Poner límites

Decir que no a ciertos planes o personas es saludable. Priorizar descanso o momentos tranquilos también forma parte de cuidarse.

  1. Preparar respuestas breves y asertivas

Tener frases preparadas ayuda a gestionar preguntas incómodas:
“Prefiero no comentar ese tema ahora, gracias por entenderlo.”

  1. Ajustar expectativas internas

La Navidad no tiene por qué ser perfecta, ni tú tampoco. Aceptar los límites personales reduce la autoexigencia.

  1. Buscar apoyos

Compartir con alguien de confianza lo que te está generando estrés puede aliviar mucho la carga emocional.

Conclusión

La Navidad puede ser un periodo bonito, sí, pero también desafiante. Y ambas cosas pueden convivir. Liberarnos de la obligación de estar felices y reducir la influencia de las expectativas —propias y ajenas— permite vivir estas fechas de manera más realista y compasiva. Desde la psicología, el objetivo no es conseguir una Navidad perfecta, sino una Navidad vivida desde el bienestar emocional, la autenticidad y el autocuidado.

 

 

Evitando la manipulación emocional con sesiones de psicología en Bilbao

¿Sabes lo que es «hoovering»?

El término «hoovering» se refiere a una táctica manipuladora en relaciones interpersonales, especialmente en contextos de abuso emocional o narcisismo. Consiste en que una persona que previamente había herido o manipulado a otra intenta reinsertarse en la vida de esa persona con el objetivo de recuperar su control emocional. Es como si «aspiraran» a la víctima de nuevo, de ahí el nombre derivado de la marca de aspiradoras Hoover.

El hoovering presenta varias características distintivas:

  • Manipulación Emocional: La persona que realiza el hoovering utiliza tácticas emocionales para intentar influir en la víctima y generar sentimientos de culpa, nostalgia o necesidad.
  • Contacto Repentino: Suele involucrar un contacto repentino después de un período de ausencia. Puede ser a través de mensajes, llamadas telefónicas o incluso aparecer en persona.
  • Promesas de Cambio: El perpetrador promete cambiar y mejorar su comportamiento para recuperar la confianza de la víctima. Esto puede generar esperanza y dudas en la mente de la víctima.
  • Rememoración de Momentos Felices: La persona que realiza el hoovering podría recordar momentos felices compartidos en el pasado para evocar emociones positivas y crear una sensación de conexión.
  • Culpa y Manipulación: Puede emplear tácticas de culpa, como responsabilizar a la víctima de la separación o culparla por la situación actual.
  • Desestabilización: El perpetrador puede buscar desestabilizar emocionalmente a la víctima, generando confusión y dudas sobre su propia percepción de la relación.
  • Juegos Mentales: Utiliza estrategias de juego mental para mantener a la víctima emocionalmente involucrada, lo que dificulta que la víctima tome decisiones claras y objetivas.
  • Cambio de Personalidad: Puede adoptar temporalmente una personalidad más agradable o compatible para ganarse nuevamente el afecto de la víctima.
  • Inconstancia: Alternar entre mostrarse interesado y luego distante puede confundir a la víctima y mantenerla buscando su aprobación.
  • Negación de Abuso Pasado: Puede negar o minimizar el abuso o las acciones dañinas que llevaron a la separación en primer lugar.

El hoovering es una estrategia de manipulación emocional perjudicial que busca recuperar el control sobre la víctima. Es importante que las personas reconozcan estas tácticas y busquen apoyo si están experimentando esta dinámica en sus relaciones. 

Algunos pasos que pueden ayudar a contrarrestar el hoovering incluyen establecer límites claros, mantenerse firme en la decisión de distanciarse de la persona manipuladora y buscar ayuda profesional o apoyo de amigos y familiares de confianza. Además, educarse sobre el ciclo de la violencia y las dinámicas de poder en las relaciones puede ser fundamental para identificar y evitar futuros episodios de hoovering. Es esencial recordar que nadie merece ser objeto de manipulación emocional o abuso, y buscar ayuda es un paso valiente hacia la recuperación y el bienestar emocional.

Esta táctica puede ser especialmente desafiante ya que el perpetrador utiliza una combinación de tácticas manipuladoras para volver a insertarse en la vida de la víctima y ejercer influencia sobre ella. Reconocer las señales de hoovering es fundamental para protegerse a uno mismo y mantener límites saludables en las relaciones interpersonales.

Para contrarrestar el hoovering, es crucial establecer límites claros y mantenerse firme en la decisión de distanciarse de la persona manipuladora. Esto puede implicar bloquear el contacto, eliminar a la persona de las redes sociales y evitar cualquier forma de comunicación que pueda facilitar su acceso a la víctima. Además, buscar ayuda profesional o apoyo de amigos y familiares de confianza puede proporcionar el respaldo necesario durante este proceso.

Educarnos sobre el ciclo de la violencia y las dinámicas de poder en las relaciones también es fundamental. Comprender cómo opera el hoovering dentro de este contexto puede ayudar a identificar y evitar futuros episodios de manipulación emocional. Reconocer que nadie merece ser objeto de abuso o manipulación es el primer paso hacia la recuperación y el bienestar emocional.

Es importante recordar que buscar ayuda no solo es válido, sino esencial para romper el ciclo de la manipulación emocional y recuperar el control sobre la propia vida. La superación del hoovering puede ser un proceso difícil y desafiante, pero con el apoyo adecuado y el compromiso con el autocuidado, es posible recuperarse y construir relaciones más saludables en el futuro.

Terapia psicológica para la gestión de miedos en Bilbao

TODOS QUEREMOS SER BUENAS PERSONAS, ¿O NO?

¿Recuerdas cuántas veces te han dicho «pórtate bien», «se bueno», «ayuda siempre a los demás», «no seas egoísta», «no seas malo»…?

Probablemente desde que eres pequeño has recibido mensajes de este tipo, ¿a qué si?

De pequeños solemos aprender que si nos portamos bien y somos buenos (esto, entre otras cosas, pasa por obedecer y no llevar la contraria ni protestar) los demás nos querrán y nos valoraran más.


Y este aprendizaje lo vamos interiorizando y reafirmando con el paso de los años. Cada día que pasa, crecemos con esta idea de que tenemos que pensar siempre en los demás (antes que en nosotros mismos), en ser buenos y en complacer a todas las personas de nuestro entorno.

Si te sientes o te has sentido identificado con esto en algún momento de tu vida, ¿te has parado a pensar cómo te hace sentir esto?

El dejarte siempre para último lugar, no expresar las cosas que te molestan de la otra persona por miedo a cómo se lo pueda tomar, hacer esfuerzos constantes por complacer y agradar… ¡tiene un coste emocional y psicológico muy alto!

Y todo esto, hará que probablemente en algún momento explotes porque no se puede sostener todo esto durante toda la vida.

¿Y qué crees que pasará cuando explotes?

Probablemente te sentirás tremendamente culpable porque se confirmara el mayor de tus temores ➡️»eres malo». ¡Todos los esfuerzos que has hecho por “ser bueno” se desvanecerán y te sentirás fatal!

Y desde ahí puedes intentar hacer esfuerzos sobrehumanos para compensarlo y demostrar que no eres así y que eres una «buena persona». Pero, piénsalo, ¿crees que esto te hará sentirte bien?

¿Cómo trabajar el miedo a “no ser buena persona”?

1- Lo primero de todo, te diría que te pares a pensar detenidamente qué es realmente ser una “mala persona”, ¿qué significa para ti?

Te ánimo a que le dediques un rato a responder a esta pregunta (lo más detalladamente posible).

2- Cuando tengas esta definición clara, analízate y trata de describirte como persona. ¿Crees que tu definición de “mala persona” se ajusta a cómo eres tu realmente?

¡Probablemente no! Sin embargo, muchas veces nos ponemos “etiquetas” que no nos corresponden y nos condicionan a la hora de vivir nuestra vida.

3- Revisa las creencias que tienes respecto a que es ser «buena» y «mala persona» y permítete ser más libre y vivir en coherencia a tus necesidades (y no tanto a las de los demás). Para esto, sería importante también qué pienses en la vida que te gustaría vivir (de forma realista).

¿Qué tendrías que soltar para vivir esa vida?

¿Qué cambios tendrías que introducir en tu vida actual?

4- Establece un plan concreto y relista, con objetivos a corto, medio y largo plazo que te permitan acercarte a esa vida que te gustaría vivir, en coherencia a tus valores y a tus necesidades personales.



Y recuerda, si lo intentas y no puedes hacerlo solo, puedes pedir ayuda.