Hay situaciones que todavía no han ocurrido y, sin embargo, ya nos están generando ansiedad.
Una conversación pendiente. Una reunión de trabajo. Una cita médica. Un viaje. Volver a la rutina después de las vacaciones. Una decisión que llevamos días evitando.
“¿Y si sale mal?”
“¿Y si me pongo nervioso?”
“¿Y si vuelve a pasar lo mismo?”
La situación todavía no ha llegado, pero nuestra cabeza lleva días allí.
Esto es lo que conocemos como ansiedad anticipatoria: empezar a experimentar preocupación o malestar ante algo que todavía no ha ocurrido. Y aunque anticiparnos puede ayudarnos a prepararnos, cuando la preocupación ocupa demasiado espacio podemos acabar sufriendo por algo que quizá nunca llegue a suceder.
Cuando pensar en el futuro deja de ayudarnos
Anticipar forma parte de nuestra vida. Pensamos qué necesitamos llevar a un viaje, cómo queremos plantear una conversación o qué podemos hacer antes de una reunión importante.
El problema aparece cuando dejamos de prepararnos y empezamos a imaginar todo lo que podría salir mal.
No es lo mismo pensar:
“Mañana tengo una reunión. Voy a preparar lo que quiero explicar.”
Que pasar horas pensando:
“Seguro que me preguntan algo que no sé responder, me pondré nervioso, se me notará y pensarán que no estoy preparado.”
En el segundo caso, nuestra mente está intentando encontrar una respuesta para una situación que todavía no existe.
Y ahí puede comenzar el desgaste.
El poder del “¿y si…?”
Una de las características más habituales de la ansiedad anticipatoria es ese pensamiento que empieza por “¿y si…?”.
¿Y si me rechazan?
¿Y si se enfada?
¿Y si algo sale mal?
¿Y si no soy capaz de manejarlo?
El problema es que casi cualquier respuesta puede generar una nueva duda.
“Sí, pero ¿y si…?”
Así podemos pasar mucho tiempo intentando conseguir una seguridad que el futuro no puede ofrecernos.
Porque que algo pueda ocurrir no significa que vaya a ocurrir.
Y tampoco podemos prever todas las posibilidades antes de que sucedan.
A veces no tenemos miedo a lo que ocurrirá, sino a cómo nos sentiremos
En algunas personas, la preocupación no se centra tanto en la situación como en su propia reacción.
“¿Y si me pongo a llorar?”
“¿Y si me da un ataque de ansiedad?”
“¿Y si me quedo en blanco?”
“¿Y si no soy capaz de controlarme?”
Entonces aparece un miedo añadido: miedo a sentir miedo, a ponerse nervioso o a no saber manejar lo que pueda ocurrir.
Esto puede hacer que empecemos a estar demasiado pendientes de nuestras sensaciones y que cualquier pequeña señal de ansiedad se convierta en una nueva fuente de preocupación.
Cuando la ansiedad nos lleva a evitar
Si pensar en una situación nos genera malestar, es lógico que queramos alejarnos de ella.
Cancelamos un plan. Posponemos una conversación. Dejamos de hacer algo que nos apetecía. Evitamos una situación que nos preocupa.
Y al hacerlo sentimos alivio.
Pero ese alivio puede hacer que aprendamos que evitar era la única manera de encontrarnos mejor. La próxima vez, la ansiedad puede aparecer incluso antes.
Por eso, cuando la anticipación empieza a condicionar nuestras decisiones, merece la pena prestar atención.
No solo a lo que pensamos, sino también a todo aquello que estamos dejando de hacer para no sentir ansiedad.
¿Qué podemos hacer cuando empezamos a anticipar demasiado?
No siempre podemos evitar que aparezca un pensamiento relacionado con el futuro. Pero sí podemos aprender a no quedarnos atrapados en él.
Puede ser útil preguntarnos:
- ¿Esto está ocurriendo ahora mismo o estoy imaginando que ocurrirá?
- ¿Hay algo que pueda hacer hoy para prepararme?
- ¿Estoy buscando una solución o intentando conseguir una certeza imposible?
- Si ocurre aquello que temo, ¿qué recursos tendría para afrontarlo?
Esta última pregunta puede cambiar el enfoque.
En lugar de intentar convencernos de que “no va a pasar nada”, podemos empezar a confiar en que, si algo ocurre, podremos afrontarlo cuando llegue.
Porque no podemos controlar todo lo que sucederá, pero sí podemos trabajar nuestra capacidad para responder ante lo que ocurra.
Volver al presente
La ansiedad anticipatoria nos lleva constantemente hacia un futuro que todavía no existe.
Podemos estar cenando con nuestra familia mientras pensamos en la reunión del lunes. Estar disfrutando de las vacaciones mientras anticipamos la vuelta al trabajo. Estar con nuestra pareja mientras imaginamos una conversación que tendremos dentro de varios días.
Por eso, en ocasiones, una pregunta sencilla puede ayudarnos a regresar:
“¿Qué está pasando realmente ahora?”
No se trata de dejar de pensar en el futuro ni de obligarnos a ser positivos.
Se trata de diferenciar entre lo que está ocurriendo y lo que estamos imaginando que podría ocurrir.
Conclusión
La ansiedad anticipatoria suele aparecer cuando intentamos adelantarnos a aquello que todavía no ha sucedido. Muchas veces nace de algo comprensible: queremos estar preparados, evitar sufrir o sentir que tenemos el control.
Pero intentar controlar todas las posibilidades puede terminar generando precisamente lo contrario: más preocupación, más vigilancia y menos capacidad para disfrutar del presente.
Quizá no necesitemos saber exactamente qué va a ocurrir para poder estar tranquilos.
A veces necesitamos confiar un poco más en que, cuando llegue el momento, podremos afrontarlo.


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